¿A dónde van los budas?

Un campesino preguntó: “Si me convirtiera en buda, ¿a dónde iría?”

El gran maestro Bankei contestó: “Si te convirtieras en buda, no habría ningún lugar al que tuvieras que ir, puesto que abarcarías toda la extensión del universo. Son sólo las criaturas inferiores las que tienen lugares a donde ir.”

Usualmente cuando nos hablan de Buda nosotros pensamos que nos están hablando del que históricamente sabemos que existió, es decir, de Siddhārtha Gautama. Quien vivió hace muchos siglos en el norte de la India y quien dio inició al movimiento que eventualmente se convertiría en lo que hoy conocemos como Budismo.

Sin embargo, cuando uno comienza a adentrarse en la literatura budista, una de las primeras cosas que saltan a la vista es que se mencionan otros budas como por ejemplo Vairocana (el buda primordial), Amitabha (con su tierra prometida), Pu-tai (el buda sonriente y “gordito” que se ve en muchas estatuas), entre otros.

Y cuando se adentra uno todavía más, resulta que hay vertientes del budismo que declaran que ¡cualquiera puede convertirse en un buda! ¡Imagínense! ¡El ciudadano promedio convertido en un ser celestial!

Pareciera de risa, pero la verdad es que no lo es. Como en muchas otras cosas, hace falta ver más allá de la portada para poder entender el sentido de estas palabras. El primer gran obstáculo para lograrlo es esa mala costumbre de las culturas occidentales por tomar todo lo que leemos en sentido literal. Antes de estudiar budismo (o incluso antes de acercarse seriamente a cualquier corpus de conocimiento oriental) uno debe entender que los lenguajes de todos esos países son muy diferentes a los nuestros, pero no sólo por el alfabeto, sintaxis o gramática que utilizan, sino también por el hecho de que son lenguajes sumamente abiertos; donde el significado de las cosas no es explícito, salvo que la interpretación (e imaginación) del lector tiene un papel muy importante. Dicho de otra forma, textos clásicos chinos o japoneses, suelen ser ambiguos en el sentido de que solamente presentan el bosquejo de una idea (haciendo uso de analogías y visualizaciones) y permiten que el lector construya sobre ella. Esto es especialmente cierto cuando se trata de textos budistas y más todavía cuando es budismo zen, pues ahí incluso puede llegar a percibirse como absurdo, sin sentido, ilógico, etcétera.

Pero una vez que uno logra abrir su mente lo suficiente para aceptar tanto la existencia de otros budas, como la posibilidad de que uno mismo pueda llegar a serlo, surge toda clase de preguntas como la que se plantea en el texto citado al inicio de esta publicación. Y este es el segundo gran obstáculo que existe en el camino hacia la iluminación. Por alguna razón se difundió mucho la idea de que, si alguien lograra convertirse en buda, obtendría toda clase de poderes místicos o que se quedaría perdido en un trance espiritual o por lo menos que se sentiría diametralmente diferente a la experiencia que tenemos de nuestra vida cotidiana. No hay nada más falso. O sea, sí se siente diferente, sí se vive el mundo de manera diferente, los objetos del día a día sí se ven con otra luz, pero tampoco es a ese grado supernatural al que estamos muy tentados a inclinarnos.

La budeidad es un estado perfectamente alcanzable en esta vida. El nirvana es algo que se puede experimentar día con día (“¡sin tener que salir de casa!” diría un comercial que quisiera promocionar estas enseñanzas) mediante la práctica del zazen (meditación estando sentado). Pero debemos entender que en ese estado no existen las diferenciaciones. La mente racional se calla. Deja de haber discriminaciones. Las percepciones de “Yo” y “el mundo exterior” se funden en una sola.

Por ello el maestro Bankei dijo que, alguien así, “abarcaría todo el Universo” (entendámoslo de una vez: no es literal) y que solo cuando dejamos de meditar (regresamos a ser “criaturas inferiores”). Vuelven a existir todo este tipo de diferencias entre objetos, y es allí cuando volvemos a tener “lugares a donde ir”.

O, dicho de otro modo, solo con suficiente práctica podremos darnos cuenta “tener que ir de un lugar a otro” es una construcción puramente intelectual.

Saku Shuniata

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